Quien lo probó, lo sabe

 
 
lope
 
Últimamente se sentía raro, no sabía por qué, o tal vez sí pero no quisiera reconocerlo. Y como siempre que se sentía raro, a Lope le surgió la necesidad de escribir. Garabateó en una hoja palabras que le salían de dentro, de las tripas; palabras que no quería decir en voz alta pero que tenía que echar fuera.
 
Furioso. Tierno. Cobarde. Alentado.
Y poco a poco fueron cobrando forma hasta que llegó el atasco. La inspiración se había ido y la ansiedad empezó a adueñarse de él. No sabía cómo dar continuidad a aquel torrente de pasiones que había plasmado en unas cuartillas. Su obra estaba aún inconclusa.
 
Enojado. Triste. Altivo. Satisfecho.
A los males de su corazón ahora se le unían los de su razón. Buscó entre los sentimientos que habían inspirado aquellas líneas; preguntó a las miles de palabras que había escrito anteriormente y por toda respuesta a sus demandas, la más absoluta nada.
 
Desengaño. Veneno. Olvidar. Daño.
Abandonó aquel poema y pasó el tiempo; las semanas se hicieron meses y los días, ocasos. Hasta que una tarde, sucedió. El sol levaba anclas y la más cerrada noche preparaba ya el cambio de guardia. Buscando unos minutos más de luz, levantó la vista del suelo y lo vio. Y al fin Lope de Vega, supo cómo seguía el poema. Le acaban de dictar palabra por palabra lo que tenía que escribir:
 
“creer que un cielo en un infierno cabe”.