El Horizonte

Había acabado el verano y pese a que Sabina decía que el otoño sólo duraba lo que tardaba en llegar el invierno, el tiempo se le estaba haciendo eterno. Sabía que no podía culpar a nadie de empeñarse en quedarse allí sola esperando; sabía que la llamaban la loca del Muelle de San Blas; pero también sabía que acabaría apareciendo.

Mientras todos se guardaban esperando a una lejana primavera, ella seguiría allí, oteando ese curioso lugar en el que cielo y mar, dos puntos separados por millones de kilómetros, convergen en una línea imaginaria llamada horizonte. Permanecería allí aunque la llamasen loca, porque cuando el Holandés Errante rompiera la armonía de aquel horizonte y llegara a puerto a atracar, ella sería la primera en verlo y despegar sus alas para sobrevolarlo.

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