100 años no son nada

einsteincartel

Muchos ya no tienen fe en la humanidad, la perdieron en la Guerra de Troya, con la creación de la Inquisición, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, en algún campo de concentración nazi o en una de las Torres Gemelas. 

Muchos creen que el ser humano ha tocado su techo, lo pensaron después de ver la imprenta, la máquina de vapor, después de hacer un vuelo transatlántico o tras ponerse unas Google Glass.
Muchos se creen inteligentes por considerar que saben todo lo que necesitan saber para vivir. Pocos son los que consideran que la verdadera naturaleza de la inteligencia no reside en lo que se sabe sino en lo que se tiene necesidad de llegar a saber. 
Y en medio de esos muchos, de vez en cuando surge algo o alguien que sobresale y se replantea todo, lo cuestiona todo y pone un cerebro privilegiado al servicio del conocimiento. Uno de esos era él.
Tendemos a considerar que lo sabemos todo y que lo que no sabemos tampoco nos importa demasiado. Tendemos a clasificar como cultura general a saber mucho de historia, de literatura o de geografía y también tendemos a etiquetar a "los de ciencias" como los listos y a "los de letras" como los tontos. Pues bien, en cuestiones de conocimiento, la mayoría de nosotros (seamos de "los listos" o "los tontos") estamos aún en pañales y quizá en primer paso es reconocerlo. Y puede (sólo puede) que toda la culpa no sea nuestra. Quizá esos planes de estudios con los que tanto se llenan la boca en las altas esferas nos hacen conformistas o nos dan lo mínimo para saber hacer "la cuenta de la vieja"; quizá nadie nos ha sabido explicar bien todas estas cosas: una teoría, la importancia de una fórmula o la trascendencia de un descubrimiento.
Pero aún estamos a tiempo. Aún podemos hacer autocrítica, aún podemos convencernos de que no hay un techo hasta el que llegar sino solamente un suelo del que partir. Aún podemos ampliar nuestra Teoría Especial con una Teoría General. Nunca es tarde, todo es relativo.