De las tablas al celuloide II: Tennessee Williams

Si ya nos habíamos parado a hablar de las adaptaciones que el cine había hecho del teatro en general, hoy vamos a ponerle un nombre propio en particular.

Thomas Lanier Williams III nació en Mississippi y, sin embargo, todo el mundo lo conocería por el nombre de otro lugar de la geografía estadounidense: Tennessee.

Tennessee Williams fue uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX y entre otras cosas, es reconocido por el tema que aquí nos ocupa: la extensa lista de sus obras que han sido adaptadas para la gran pantalla.

Con un estilo que muchos han denominado como gótico sureño, las obras de Williams están marcadas por su procedencia y por ese halo de nostalgia que dicha sociedad tenía aún del pasado, sus valores y tradiciones. Es por ello por lo que los personajes y su psicología adquieren un papel protagonista en la trama.

Su extensísima carrera está compuesta por unas ochenta obras de teatro, tres novelas y siete cuentos cortos, además de haber coqueteado con la poesía. Ganó el Premio Pullitzer con Un tranvía llamado deseo en 1948 y repitió con La Gata sobre el tejado de zinc en 1955. Estas dos obras ganaron también el Premio de la Crítica Teatral junto con El zoo de cristal en 1945 y La noche de la iguana en 1961. Y por si fueran pocos premios, tuvo que hacer sitio en su galardonada estantería para el Tony de 1952 por La rosa tatuada.

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Y Hollywood, que no es tonto, puso sus ojos en el trabajo de Tennessee. Pese a la frenética producción de obras que seguía llevando a cabo nuestro dramaturgo, fue el encargado de muchos de los guiones que darían vida en la gran pantalla a todos aquellos seres atormentados y nostálgicos para los que ya se había alzado el telón.

El primero en acompañarlas en tan vertiginoso salto, fue Elia Kazan en 1951 con uno de los clásicos más conocidos del cine: Un tranvía llamado deseo, en donde Vivien Leigh y los dos actores secundarios (Kim Hunter y Karl Malden) se alzaron con el Oscar a las mejores interpretaciones. Pero sin lugar a dudas, la interpretación de Marlo Brando como Stanley Kowalski es la más recordada (y una de las más recordadas de la historia del cine). Kazan repetiría la experiencia con Baby Doll en 1956.

El éxito volvió a llegar en 1958 con Richard Brooks dirigiendo La gata sobre el tejado de Zinc. No se llevó ninguna estatuilla (pese a las seis nominaciones) pero la apatía de un Paul Newman que convirtió el albornoz en todo un hito de la elegancia, y la vehemencia de Elisabeth Taylor, convirtieron a esta película en referente de cualquier videoteca clásica.

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Elisabeth Taylor volvería a ser la protagonista de más adaptaciones como De repente, el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1958), junto con su inseparable Montgomery Clift o La mujer maldita (Joseph Losey, 1968). Del mismo modo, Newman volvería a encarnar un personaje del dramaturgo en Dulce pájaro de juventud (Richard Brooks, 1962) y se atrevería a ponerse detrás de la cámara para dirigir a Joanne Woodward y John Malkovich en El zoo de cristal en 1987.

Incluso un antiguo guionista como John Huston puso sus ojos en una de sus numerosas piezas teatrales de Williams y en 1964 reunió a estrellas como Richard Burton, Deborah Kerr o Ava Gardner para que la cámara diera vida a La noche de la iguana.

De la extensa producción de Tennessee Williams, se pueden encontrar más de veinticinco adaptaciones audiovisuales. Está claro que apostar por sus obrar es apostar a caballo ganador. El teatro, el cine y el arte en general tiene mucho que agradecerle a su talento, el cual terminó ahogado con un tapón alojado en su garganta impidiendo que pudiera seguir respirando, que pudiera seguir inspirando.